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HISTORIA DEL HOTEL

 

 

 

La Mision de Fray Diego es una antigua casona del Siglo XVII, restaurada y convertida en un encantador y exquisito hotel boutique en Mérida Yucatán.

Alrededor de hace 400 años formó parte del Templo de Monjas (Nuestra Señora de la Consolación), el cual colinda actualmente en la parte de atrás. Convento finalizado el 22 de junio de 1596, que ahora funciona como capilla. Desde la segunda mitad del siglo XX  perdió gran parte de su estructura, pasando a manos de particu-lares hacendados o del Gobierno, como los claustros de las monjas Concepcionistas quienes lo manejaron hasta el 12 de octubre de 1867, cuando fueron expulsadas por el general Manuel Cepeda Peraza, y que hoy es la Casa de la Cultura Municipal. El convento llegó a incluir toda la manzana entre las actuales calles 61, 64, 63 y 66 A.

La Mision de Fray Diego
La Mision de Fray Diego

El convento se construyó con donaciones en dinero o propiedades de particulares, eclesiásticos y religiosas, y se sostuvo con la dote de ingreso que entregaban sus familias. Además de elaboración de productos para su venta como dulces, galletas, panes, frutas, etc. Entre sus oficios,  eran prestamistas con fuentes financieras muy solidas. En sus salas de visita se cerraron gran número de acuerdos comerciales.

Según se cuenta, la razón por la que se construyó fue debido a que el hijo del gobernador, Alvaro de Vozmediano murió en un naufragio rumbo a España, y su prometida, Carmita de Ordóñez, de tan profundo dolor decidió consagrar su vida a Dios en un monasterio, pero no había, en ese entonces, ninguno en Mérida.
Su padre entonces promovió la construcción del edificio. Las religiosas urbanistas (con reglas de convivencia más relajada que las religiosas descalzas) además de sus labores propias de su culto, formaron un plantel de educación para niñas y una casa de beneficencia para seño-ras ancianas y desvalidas.

En la época de la colonia, los conventos eran como ciudades que reproducían la escala social del exterior. En  donde vivían las religiosas, sus pupilas, viudas y mozas o servidoras.

Al convento se ingresaba por voluntad propia, pero debía ser hija legítima, pertenecer a una familia de buenas costumbres, tener de 15 a 17 años de edad y buena salud, pagar la dote y los gastos del ajuar y la ceremonia de toma de hábito.

Hay un mito latente en la ciudad de Mérida, que hasta ahora no ha podido ser comprobado ni desmentido. Se cree que había comunicación entre la iglesia de Monjas y la Catedral a través de un conducto subterráneo, con el fin de que las monjas enclaustradas no tuviesen contacto con el mundo exterior. En el pueblo de Maní, a 100 km de Mérida, incluso afirman que había un pasadizo debajo de la tierra que iba desde San Miguel Arcángel de Maní y llegaba hasta la iglesia de Monjas.